Marzo en mayo.
Toneladas de soledad pesaron sobre el viernes.
Ilusiones de las que él no es protagonista,
lágrimas de las que él no es el culpable,
recuerdos latentes que no lo involucran,
ganas que nunca van dirigidas hacia él.
Salvo excepciones.
Desencuentros como excusas de una cita sin sentido, más que el de maquillar compañía.
Paciencia desperdiciada.
Arrepentimiento.
Cartas por jugar.
Palabras amenazadoras que se caen en segundos.
Besos de esos que no estremecen.
Tacto que no se siente.
Una capa de hielo.
Humo.
La ropa tirada y perdida tras la cortina.
Pies fríos.
Conversaciones obligadas.
Aburrimiento.
Un llamado de una oyente a la radio diciendo "buen día" cuando mi noche, lamentablemente, todavía no terminaba.
Y la certeza de que ese fue el fin de una etapa.
*Las cosas como son*
"No creo que para escribir sea necesario ir a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es la única, la más grande aventura" (Juan Ramón Ribeyro)
13 de mayo de 2013
28 de abril de 2013
Culpables
Fueron tu mano recorriendo mi espalda,
tus dedos en mi cintura,
y tu palma estrechada con la mía;
tu niño y tu hombre interior;
tu mirada cómplice y también la evasiva,
tus arrugas y hoyuelos al sonreír,
tus labios pillos y mentirosos,
porfiados, desfachatados y oportunos,
los culpables de las mariposas en mi panza,
de que te busque,
y de que te quiera arrebatar -para mí- por un ratito del mundo.
20 de abril de 2013
Llueve sobre mojado
Desde que salió en 1998, cuando yo tenía 10 años y Telemúsica
y Much Music pasaban el video, esta canción se convirtió en una de esas que no
me canso de escuchar, que pongo a todo volumen y canto bien fuerte, que ocupó mis
nicks miles de veces en los años en que se usaba el Messenger y que hoy
describe tal cual mis sentimientos.
Y se acostumbra el corazón a olvidar.
Dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado.Todos los sábados son martes y trece.
Todo el año llueve sobre mojado.
26 de marzo de 2013
Doriangrays
No sé cuándo
fue que le vendimos el alma al diablo ni sé bien qué nos ofreció a cambio, pero sucede
que la gente piensa que no superamos los 22, aunque llegamos a la edad
en que los especialistas recomiendan empezar a usar crema antiage.
Llegamos a
una edad en la que nos cansamos de los boliches –nunca pensé que pasaría-, en
la que odiamos a las pendejas borrachas que empujan desquiciadas, en la que nos
juntamos a cenar y cuando vamos por el postre bostezamos como hipopótamos, y en
la que -como el otro día nos hizo notar un amigo-, en medio de un cumpleaños,
en vez de dos botellas de vodka, había dos de agua arriba de la mesa.
Fue como si alguien nos hubiera hecho un agujerito en la tapa de
la cabeza y nos hubiera metido los años en las piernas, en el culo, en los
ojos, en los sesos. Porque llevamos los 25 adentro, ADENTRO. De afuera no se
notan. Sólo afloran a través de las palabras o al presentar algún documento de
identificación.
Ya dije que
en Ecuador nadie creía la edad que teníamos. En realidad, nos pasa todo el
tiempo, a todas.
Hace unos
fines de semana, con Mauge y Fer fuimos al Álamo y nos divertimos con poco.
Jugamos a decirles a algunos grupos de púberes que nos hablaban que teníamos
21. Igual, Fernanda y yo no aguantábamos y les terminábamos diciendo la verdad,
y no lo podían creer.
- Mirá, te
juro que tengo arrugas, fijate.
- Mirá
cuando nos reímos.
Vale aclarar
que no nos divertimos toda la noche con esa boludez. Después de eso empezaba la
charla en serio.
Lo mismo nos
pasó un viernes a la noche, hace unos meses, cuando unos viejos conocidos nos
invitaron a Caix porque tenían el boliche ese día. O sea, ¡A CAIX!, el lugar al
que íbamos todos los sábados cuando teníamos 18 - 19 años.
- Chicas, ¿tienen documento? - nos preguntó con voz y
cara de preocupada una pibita rubia, vestida con una vincha negra que le tapaba
el culo, una remera que no le cubría la panza y unas plataformas onda Spice
Girls en Spice World.
Flor, Mauge y yo nos miramos
desconcertadas y sonreímos.
- Sí, sí.
- Ah, porque yo no. Mis
amigas sí, pero yo tengo 17.
- Uh!!! - le respondimos al
unísono, todavía sonriendo y desconcertadas.
- Hace rato que pasamos los
17, pero somos como Dorian Gray - le respondí a la chica riéndome por la
situación y porque tenía un poco de frío, aunque creo que no me entendió.
Dos minutos después la
pregunta fue repetida.
- Chicas, ¿documentos? - nos
pidió el patovica de la puerta.
- Pero estas ya tienen como
24 - le dijo el viejo conocido que nos hizo pasar, mientras el tipo miraba
nuestros D.N.I.
Y alguna de las otras dos
repitió mi explicación: "Somos como Dorian Gray".
Reitero: esto nos pasa todo
el tiempo, a todas. En el trabajo, en la facultad, en un consultorio médico, en
la depiladora, ante desconocidos, conocidos
y amigos de amigos...todo el tiempo. Calculo que con el paso de los años va a
tener sus beneficios, aunque, por el momento, desconocemos cuál es el precio que
tendremos que pagar.
22 de marzo de 2013
Fetichista de los mapas
Gracias a que este año los feriados por Semana Santa suman seis días, si todo sale bien y si no me agarra una tormenta feroz -como el año pasado- que impida el despegue del avión, el próximo jueves me voy a Misiones con Fer.
El viaje estaba decidido casi implícitamente. Apenas bastaron algunos mensajes para confirmarlo. No dimos muchas vueltas: quisimos, buscamos, compramos pasaje, reservamos hostel y punto. Pero ese punto a Fer no la dejó tranquila.
- Este es el viaje más desorganizado de la vida. Hasta Mardel estaba más preparado. ¿Entendés que no imprimí ni un mapa todavía? -me escribió hoy.

A Fer le quedan un par de finales para recibirse de arquitecta y todo lo que sea planos / mapas la excita. En los viajes, siempre es la encargada por default de buscar los mapas, imprimirlos, calcular distancias, etc. Pero la excitación alcanzó su punto máximo hace unos días, cuando nos mandó a Wachas -el grupo que compartimos las nueve en Whatsapp- el plano de La Casa del Placer, "un puterío que se iba a construir en el siglo XVIII pero que nunca se realizó", según me explicó.
Yo, que tengo varios folletos de Misiones que me dio mi tía y que ya había mirado un poco por Internet, le respondí:
- Fernanda, tengo un montón de mapas. Además falta una semana, no jodas.
- No me importa. Quiero tener mis mapas para poder arrugarlos.
Y ahí descubrí que ella, además de ser medio TOC -como creemos-, es fetichista y se vuelve loca por los mapas. A ella no le bastan los míos, a color, divinos. Ella quiere los suyos "para poder arrugarlos", para llevarlos en su mochila, sacarlos, marcarlos, entenderlos, ensuciarlos, mojarlos, apretarlos y toquetearlos.
Así que espero que su fetiche, al menos, sirva para llevarnos a esos lugares de Misiones donde queremos encontrar tranquilidad y olvidarnos, por unos días, de la rutina porteña.
Así que espero que su fetiche, al menos, sirva para llevarnos a esos lugares de Misiones donde queremos encontrar tranquilidad y olvidarnos, por unos días, de la rutina porteña.
23 de enero de 2013
Crónica autorizada de Montañita
“Qué raro que las dejaron venir a las dos solas, ¿no?”, nos dijo la chica que tenía a mi izquierda en el avión que nos llevaba de Santiago de Chile a Guayaquil, al pensar que teníamos más o menos su edad, o sea 19, cuando en realidad y, afortunadamente, tenemos 25 y no tuvimos que consultarle nada a nadie al decidir pasar nuestras vacaciones en Ecuador.
Las caras de sorpresa por nuestra edad fueron constantes desde el sábado 29 que llegamos a Guayaquil hasta el sábado 12 que volvimos del mismo lugar. Hombres y mujeres de todas las edades pensaban que éramos más chicas. Incluso, una médica del hospital de Guayaquil nos acusó de “come años”.
No parece, pero los tenemos. Y con nuestros 25 –en realidad con los 25 de Mauge y mis 24, porque cumplí años el lunes 14- decidimos pasar Año Nuevo en Montañita. En verdad, la idea de ir a Ecuador la tuve yo en 2011 y la fui conversando con algunas amigas. Mauge no supo el recorrido del viaje hasta que lo terminamos, porque desde el primer momento confió en mi criterio y aunque le armé un archivo de Word, le mostré mapas y se lo repetí hasta el cansancio, nunca lo interiorizó.
- No sé bien qué ruta nos conviene seguir, pero el 31 vamos a estar en Montañita, porque todo el mundo dice que es una fiesta.
- Ok, yo te sigo.
- Creo que tengo miedo. Un pibe del laburo me dijo: “A las 5 vas a estar en pedo, a las 7 vas a confesar que bailás en el caño y a las 9 vas a estar en una orgía”.
Después de buscar en Internet y, sobre todo, de volver loco a un amigo de la facu que respondió cada duda que tenía, el sábado 29 salimos de Ezeiza para Santiago de Chile, donde hicimos escala. Llegar a Guayaquil nos llevó todo el día y estuvimos varias horas en el aeropuerto chileno, donde dormimos y cambiamos pesos argentinos para comprar unos sándwiches de miga con un juguito que nos terminaron costando como 60 pesos a cada una.
Alrededor de las 21.30, llegamos al aeropuerto de Guayaquil (hora local), buscamos nuestras mochilas y fuimos en bus a la terminal terrestre, por 0,25 centavos de dólar. La economía ecuatoriana está dolarizada y, en comparación con Argentina, todo es muy barato. Justamente por eso, en casi ningún lado aceptan billetes de 50 y de 100, e incluso, los de 20 son difíciles de pasar. En algunas ciudades, encontramos unas máquinas en la calle que te dan cambio, pero ninguna funcionaba, así que tuvimos que perder unas horas en Cuenca para tener plata chica. Durante el viaje, para saber más o menos cuánto gastábamos, multiplicábamos los precios por cinco, porque, increíblemente, la AFIP nos autorizó a comprar moneda extranjera.
Cuando llegamos a la terminal, fuimos a CLP, la empresa que vende los pasajes para ir a Montañita. Nos dijeron que salían micros directos a las 5, 6, 7, 13 y a las 15, pero que, para conseguir los de la mañana, había que estar haciendo la fila desde antes de las 4. Si no hubiéramos tenido reservada la noche en Manso, nos quedábamos durmiendo ahí y listo, pero no podíamos. Así que pasamos por el Mc Donalds de la terminal, comimos por 3 dólares y nos tomamos un taxi por 5 para llegar al hostel ubicado en Malecón y Aguirre.
Ecuador nos recibió con lluvia, pero no nos sorprendió. Allá hay dos estaciones: la seca y la lluviosa, y nosotras llegamos cuando estaba empezando la segunda.
Montañita
Montañita es todo eso que dicen que es: tiene apenas unas cuadras, magia, fiesta, alcohol, surfers. Antes de ir, hay que saber que si uno quiere dormir, aunque sea un poco, no hay que hospedarse en la Calle de los Cocteles; que en Año Nuevo se llena mal y que, aseguran, para la época de carnaval es peor. “Acá no me conoce nadie” es una frase que hay que aprehender para justificar conductas y no morir en el intento.
Cuando bajamos del bus, el calor era intenso. Eran tipo 15.30 y empezamos a caminar con miedo de no conseguir lugar para dormir. Aunque había un sol divino para estar en la playa, las calles de Montañita rebasaban de gente. Casi que no había espacio para moverse. Y es que, en una y otra cuadra, hay restaurantes y bares por todas partes y, por si no alcanzaran, se suman puestos callejeros que ofrecen jugos en baldes, licuados, panchos, hamburguesas y tostados, mezclados con otros que venden artesanías y bolsos y remeras con la inscripción “I love Montañita”.
Encontrar una cama para dormir nos costó bastante. Estaba todo completo o había cuartos disponibles para cuatro o cinco personas. Seguimos caminando y llegamos a South Point, una pocilga ubicada a dos o tres cuadras pasando la plaza, por la que pagamos 20 cada una. No tenía cocina ni agua caliente ni ofrecía desayuno, pero teníamos que dormir en algún lado, así que nos quedamos ahí tres de los seis días que estuvimos en Montañita. El resto lo pasamos en un hotel frente a la plaza, divino, con aire acondicionado y tv con cable que aprovechamos para ver las maratones de CSI que pasan por AXN. El encargado no nos avisó que el precio incluía una invasión de grillos, pero de eso nos enteramos al segundo día.
Nos ubicamos en la pocilga, nos cambiamos y fuimos a almorzar a un lugar donde pagamos 2,50 por un cuarto de pollo (“pecho”, no “pechuga”) con ensalada y patacones -banana frita que me habían recomendado probar y que, puedo asegurar, está buenísima-.
El día siguió con una tarde medio nublada de playa, una caminata por el centro y una noche que nos sorprendió, sin haber cenado, con un margarita para mí y una caipiroska para Mauge, cuando conocimos a un grupo de británicos que nos invitaron a sentarnos con ellos. A eso le siguió la vuelta al tequila, que no tomábamos desde que teníamos 17 o 18 años, pero que se volvió una rutina durante nuestra estadía en Montañita.
Después de pasar por ahí y pagar los tragos 2,50 y el tequila 3, en Capital ya no dan ganas de tomar. Bueno, mentira. De tomar sí, pero dan ganas de salir corriendo y “que pague Dios”.
La cosa era más o menos así: empezábamos con una Corona, seguíamos con una caipiroska, continuábamos con un par de tequilas y finalizábamos con otras capiroskas. El fernet era lo más caro: unos 7 dólares, así que preferimos hacer abstinencia y tomar el resto.
La primera mañana que amanecimos en Montañita ya teníamos resaca. Tranqui, pero resaca al fin. Creo que, durante nuestra estadía en ese lugar, fuimos medio alcoholéxicas. Durante el día, comíamos frutas y porquerías y la única comida fuerte era la cena. Incluso, algunas noches comimos forzadas y con dolor de panza porque había que comer. Y es que el cuerpo nos estaba pasando factura, pero como sólo serían seis noches así, aguantamos. El resto del viaje sería de recuperación y eso lo teníamos claro.
Esa primera mañana con resaca era 31, o sea que a la noche sería Año Nuevo y teníamos que recuperarnos para brindar hasta que salga el sol. Y así hicimos.
Después de pasar un día de playa hermoso, con un sol que me dejó el pecho colorado –cosa que no pasaba hacía muchos años, dado que por suerte soy medio negrita-, fuimos a comer a una pizzería de argentinos que queda al lado de Nativa Bambú, el boliche que está justo frente a la playa y al cual fuimos un rato todas las noches. La comida estuvo muy buena y los mozos son unos copados.
Cuando terminamos, fuimos a buscar a nuestro coctelero para tomar unas caipiroskas y dimos unas vueltas. De repente, ¡se largó a llover mal! Fue la oportunidad perfecta para sacar mi paraguas violeta, con bordes de animal print, que había puesto en la cartera ya que había estado lloviendo hacía unas horas. Al principio, Mauge se reía y me decía que no lo sacara, que era una ridícula y que ella había sido muy inteligente por llevar su piloto. Pero después le gustó y fuimos a caminar con una sonrisa, sin mojarnos.
Por suerte, la lluvia paró. Nos cruzamos con unos argentinos que esa tarde nos habían convidado mate y seguimos camino a la playa, para ver la quema de muñecos: todo lo malo de 2012, se supone, se iba en ese Chucky, en ese Chavo, en ese Batman, en ese Snoopy. Y cuanto más grandes, más situaciones merecedoras de ser olvidadas quedaban en el pasado. Antes, mientras cenábamos, nos cruzamos con una ex compañera del colegio que nos contó que podíamos haberlos comprado a partir de 10 dólares, pero eso no lo sabíamos, así que nos limitamos a ver cómo lo hacían los otros.
Mientras los muñecos ardían e iluminaban la noche junto a los fuegos artificiales, nos cruzamos con el dueño de la pizzería y nos ofreció fernet. Nos dijo que si hubiéramos llevado alguna botella, nos la habría comprado. Así que a tomar nota: un Branca puede ser un buen negocio en Ecuador.
El festejo siguió un poco en la playa, otro poco en Nativa Bambú y otro, en las calles de Montañita. En todos lados estaba lleno de gente, sobre todo chilenos. Más que argentinos. Y mucho piberío de 20 – 21 años. Con Mauge coincidimos en que a Montañita habría que haber ido a esa edad, cuando el cuerpo se la bancaba más. Además, hubiéramos estado a tono con muchos de los chicos que se nos acercaban –seguramente porque parecemos más chicas-.
La noche incluyó un paseo con Patrick -uno del grupo de los británicos- por todo Montañita y unas clases de salsa y juegos de elasticidad en la playa. Después encontramos a Gary, pasamos por un Kiosco a comprar unas botellas de alcohol que nunca probé, fuimos a la playa e improvisamos un limbo con un saco mío. De repente, se sumaron unas chilenas y cuando pasaba doblada por debajo de mi abrigo, vi que dos hombres nos sacaban fotos.
- Ey, nos sacan fotos, sonrían.
- ¿Van a salir en algún lado? – preguntó alguien.
- Sí, en Montañita TV – nos dijeron y por las dudas hace unos días nos busqué en Internet, aunque no encontré nada.
Así que nosotros, un grupo de todos desconocidos, nos pusimos tipo equipo de fútbol, nos abrazamos y sonreímos para la foto.
En la noche eterna, también hubo tiempo para intercambios culturales. En algún momento, hablamos de política con unos ecuatorianos que nos invitaron a tomar unas cervezas en un bar y más tarde conocimos a dos franceses que nos acompañaron hasta el amanecer. El que sabía castellano –Camille- hablaba con Mauge y el que bailaba reggaetón –Santiag-, conmigo, que me preguntaba cómo lo estaba haciendo y yo, en un inglés bastante rústico, le decía que bailaba re bien y le pasaba algunos tips para mejorar el paso, al mismo tiempo en que le tiraba unos pasitos de cumbia. Cuando ya había salido el sol, los franceses nos acompañaron hasta la pocilga y Santiag, en el camino, me decía que quería que fuese su guía cuando viniera a Buenos Aires. Por dentro yo pensaba: “Me enamoré”. ¡Lástima que tenía su usuario de Facebook en el cel que días después me robaron en la playa y así se fueron todas las posibilidades de llevarlo a recorrer Capital!
Llegamos a la puerta, nos saludamos con un beso en el cachete, se fueron y abrimos la reja del hostel.
- Pensé que te lo ibas a agarrar. Era re lindo – me dijo Mauge desconcertada.
- Yo también.
- Vamos a buscarlo.
- Pero, ¿qué le voy a decir?
- No sé, vamos.
Y fuimos, porque esa era la última noche de ellos en Montañita. Además, teníamos que encontrar una puerta que habíamos estado buscando toda la noche. En algún momento hasta creímos que habíamos alucinado la existencia de la puerta, pero no. Ahí estaba, como pensábamos, en la Calle de los Cocteles. Habíamos encontramos la puerta. Los franceses nunca aparecieron.
Los días siguientes fueron días de playa –nublados- de lectura, de alcohol, de grillos. También de aprendizaje: descubrimos que en Montañita hay que comer antes de las 10. Después de esa hora, se complica encontrar un negocio con la cocina abierta.

El jueves 3 fuimos a Los Frailes, una playa paradisíaca al norte de Montañita, y cortamos la racha del mal tiempo. Tal vez podíamos llegar en bus, pero el día anterior habíamos pagado 10 dólares por el traslado y otros 50 por la excursión del viernes a la Isla de la Plata, “la Galápagos de los pobres”, un lugar con agua turquesa, donde hicimos snorkeling, conocimos diferentes especies de aves típicas y vimos tortugas de agua. Dos lugares de visita obligatoria.
Cuando volvimos de la isla, aprovechamos las últimas horas en Montañita para sacar un par de fotos. Después nos bañamos, cambiamos y fuimos a Hola Ola a probar las papas que nos habían recomendado. Comprobamos que estaban buenas.
La consigna de ese día era despedirnos de Montañita como correspondía. Yo me sentía casi obligada a beber: por más tequila que veníamos tomando, las noches anteriores siempre era Mauge la que “cantaba pri” en cuanto a ebriedad y yo, nada. El problema es que me lo tomé muy a pecho. Bah, el problema es cuánto tomé.
Esa última noche la pasamos igual que las demas, deambulando y compartiendo tragos y experiencias con ingleses, argentinos, canadienses.
- Chicas, chicas, tengo un plan.
- Sabri, esperá. Los chicos tienen una propuesta - me dijo Mauge ante unos cordobeses que nos pararon por la calle-. A ver, ¿cuál es?
- Vamos todos juntos a hacer el amor y...
- No no, gracias, pasamos. Tu amigo tenía razón, Sabri. Decile que la propuesta de la orgía la tuvimos.
El final de esta primera parte de nuestro viaje a Ecuador, la de los días de playa, es uno: nos tomamos un bus a Guayaquil el sábado a las 10 de la mañana y yo puteé todo el día por haber decidido, a la madrugada, dejar la cartera en la playa, descuidada, y meterme al mar. Cuando salí, no había cartera ni celular ni saco. Sólo las ojotas.
Pero el desenlace tiene dos versiones: una para los amigos y esta otra para la familia, conocidos, desconocidos y para esta crónica autorizada.
16 de noviembre de 2012
Crónica de una prédica-show

Apenas
hay dos pares de viejitas sentadas, tomadas de las manos, en sillas
enfrentadas. Una quinta todavía está a la espera de su pareja, que no voy a ser
yo. En un costado, dos sesentonas interrumpen el diálogo y me miran, como
esperando que les diga quién soy y qué hago acá, en la Iglesia del Millón de
Almas, liderada por el mediático pastor Héctor Giménez.
Me
acerco con una sonrisa para presentarme. Juana me da la bienvenida.
-
“Que Dios te bendiga, hija”- me dice bajito y devolviéndome el gesto.
-
Gracias -le digo cordialmente e imitando su tono de voz.
Sus
ojos abolsados y sus hendijas en los cachetes develan su edad. Sin embargo, a
su voz calma y apaciguada le gana la ansiedad por conocerme.
- ¿Sos creyente? - es lo primero que me
pregunta.
- Soy católica.
- Es lo mismo. Es el mismo Dios.
Lo importante es creer en Él.
Me
habla un poco más del “creador” y asiento con la cabeza. Su ansiedad no la deja
cerrar la boca y le hace escupir su historia. Me cuenta que se crio en el seno de una familia humilde y que no fue
creyente hasta que le ocurrió “el milagro”, “algo sobrenatural”, una “auténtica
obra de Dios”.
Juana
cuenta que un día, hace unos 20 años, se cayó en la calle, pero en el momento
no sintió dolor. Un poco perdida, deambuló por las veredas de su barrio hasta
que llegó a su casa. Estaba frente a su puerta, pero no podía entenderlo. Se
cruzó con el vecino, pero en ese entonces no lo reconoció. De a poco, sentía
que sus párpados se cerraban y terminó en un hospital. “Casi quedo
hemipléjica”, me dice abriendo los ojos. “Pero yo conocía a una pastora y acá
todos oraban por mí. Recordé que, en el momento en que me caí, yo sentí que
Dios me ponía la mano en la cabeza. Él hizo que yo no tuviera que usar bastón
ni hacer ningún tratamiento”, afirma. Y haciendo memoria, se acuerda de un día en
el que estaba en el Hospital Italiano –trabajaba en la parte de esterilización-
y sintió que le tiraban de la pollera. “Después me di cuenta de que era el
Señor”, confiesa y niega toda posibilidad de que la tela se haya enganchado con
algo.
Entonces
retoma el discurso de las bondades de Dios. Me dice que “Dios nos ama”, que
“uno a veces es ignorante y no conoce o no se da cuenta de sus señales”, que
ella antes se reía de la gente que creía en Él, pero que desde hace veinte años
su vida cambió. En el pecho, del lado del corazón, lleva un prendedor de una
palomita –símbolo bíblico del Espíritu Santo. Le pregunto si ellos –los
evangelistas- también –como los católicos- creen en la Santísima Trinidad y
desato una catarata de respuestas acerca de cómo la misericordia divina y la palabra
de Dios nos salvarán.
Para
que sepa que no soy una principiante y que entiendo de lo que habla, me
retrotraigo a las lecturas obligatorias de la Biblia durante mis trece años de
colegio católico y, así, puedo meter algún bocado en su monólogo.
Eso la entusiasma y vamos entrando en confianza.
II
Llega Aída,
la pastora que se hará cargo de la primera predicación del día, pero todavía es
temprano y no hay mucha gente. El kiosco abrirá en la mitad de la celebración y
la librería permanecerá cerrada hasta que me vaya.
Al
ser un día de semana y al no estar tan concurrido, la reunión se hará en la
parte de adelante del templo. Con mucha organización, algunos van colocando las
típicas sillas de jardín en orden, mientras otros prepararan el grabador, el
parlante y el micrófono. De la parte posterior, traen un atril de vidrio y,
así, el espectáculo del cine devenido en iglesia está por comenzar. Sólo
falta un calentador -Aída ordena que lo prendan- y que la gente se acomode.
Aída
es una pastara dentro de los 200 que hay en la Iglesia, que se encuentran
predicando por casi todo el país. Me explica que su tarea es imitar la relación
que Jesucristo tenía con sus discípulos y ser una ayuda espiritual para las personas que se acercan personalmente o por
teléfono. “A cada uno que viene, le proveemos alimento espiritual: fortaleza,
consuelo, ánimo. Muchas veces pasa que una termina llorando con la persona que
viene con el problema”, afirma y continúa: “Obviamente nos hemos capacitado
leyendo la Palabra de Dios, porque no estamos jugando. Hay veces que llama
gente que quiere suicidarse y te dice: ‘Estoy con un revólver a punto de
quitarme la vida’, y ahí tenés que usar una palabra que le haga cambiar el plan
que tenía”.
III
Empieza la función, pero a diferencia de lo que había para disfrutar en el viejo cine, aquí hay poco para ver y todo por escuchar. La pastora invita a cerrar los ojos. Todos obedecen.
Aída habla rápido y, canchera, se mueve por el espacio sin pisar, en ningún momento, el cable del micrófono que sostiene con la mano izquierda, mientras el brazo contrario lo mantiene extendido hacia adelante.
Empieza la función, pero a diferencia de lo que había para disfrutar en el viejo cine, aquí hay poco para ver y todo por escuchar. La pastora invita a cerrar los ojos. Todos obedecen.
Aída habla rápido y, canchera, se mueve por el espacio sin pisar, en ningún momento, el cable del micrófono que sostiene con la mano izquierda, mientras el brazo contrario lo mantiene extendido hacia adelante.
“Vamos
a pedir una oración. Vamos a dar comienzo a esta reunión y vamos a permitir que
el poder del Espíritu Santo se manifieste, Padre, en el nombre del señor Jesús.
Queremos darte gracias por estar aquí, Señor, en este día, Señor, para recibir
las bendiciones. Estamos confiando, Dios mío, y esperamos que nos des fuerza,
Señor, e impartas esta bendición a todos los seres queridos, Dios mío. Amén y
demos un fuerte aplauso”, pide Aída y da inicio a la celebración. Enfrente
suyo, unas diez personas –casi todas mujeres que superan los 60- chocan sus
palmas con fervor.
El
ambiente se va calentando y Aída nos invita a cantar. Su ayudante pone play y
empieza a sonar una música alegre y pegadiza para cualquiera. “Alegría.
Cantemos, saltemos”, dice con voz firme.
“Como oradora, alaba a Jehová, grande son sus
maravillas, grandes son sus maravillas. Sobre los montes a mi hermano buscaré,
grande es su hermosura. Y al estar en su presencia gozoso danzaré. Al señor
alabaré”, sale del parlante.
A
diferencia de una misa católica, aquí no se huelen flores ni incienso. El
kiosco acaba de abrir y el olor a café inundó el ambiente. Esto hace que me
distraiga un poco, pero los fieles siguen sin abrir los ojos y con los
brazos levantados, a la altura de los hombros, formando casi un ángulo recto.
En la mayoría, se puede ver un tímido movimiento de labios en sus bocas, que no
coincide con la canción que suena de fondo. Pero no se escucha lo que dicen.
Son palabras mudas.
Aída
sigue concentrada, cantando otra canción.
“Grande es Jehová, digno de alabar. Tu eres
grande, Jehová. Grande es tu nombre, digno de alabar”, suena.
La pastora mueve los pies para
adelante y para atrás, al ritmo de la música. “Aleluya, vamos a
alabarlo con alegría”, dice. Ahora salta y levanta una pierna al compás de la
canción, y sobre la música afirma: “Es
tiempo de adorar a Dios, de dedicarle nuestra vida entera. Su espíritu está
aquí para ayudarnos”.
Aída
agradece la “bendición del Señor” de haber organizado el tiempo de los presentes
para poder estar aquí y dirige su discurso a cada uno de nosotros. “Yo te
invito a que cierres tus ojos. Él necesita que abras tu corazón. Amén. Necesita
obreros en su mies. Dios los está necesitando a ustedes y requiere que
empecemos a permitirle al Espíritu Santo a trabajar en nuestra vida. Amén. Hemos
reconocido a Jesucristo como nuestro único salvador, hemos aceptado la palabra
de Dios, entregado nuestro corazón y hemos asumidos la responsabilidad de ser
hijos de Dios. Amén”. “Amén”, responden todos.
“Danos más de tu amor. Bautízanos con el cuerpo
de tu espíritu. Soy embajador de tu amor. No hay un dios como tú, no hay. Como
tú no hay, amigo fiel y verdadero”, cantan.
“El pan nuestro de cada día es la Palabra de Dios y lo necesitamos para alimentar nuestro espíritu, fortalecernos y hacer frente a los tiempos que vivimos. ¿Cuántos lo están entendiendo?”, pregunta Aída al público. Entonces, la música cesa, toma la Biblia y la abre en Zacarías, 4. “Estamos viviendo el último tiempo. Lo demuestran, a nivel mundial, los terremotos, el mar que se levanta y los volcanes en erupción. Por eso, debemos estar despiertos, pendientes de la Palabra de Dios, ante un enemigo que está armando cosas para engañarnos. Aleluya. ¿Cuántos lo entienden? Amén”, insiste después de leer el Evangelio.
“El pan nuestro de cada día es la Palabra de Dios y lo necesitamos para alimentar nuestro espíritu, fortalecernos y hacer frente a los tiempos que vivimos. ¿Cuántos lo están entendiendo?”, pregunta Aída al público. Entonces, la música cesa, toma la Biblia y la abre en Zacarías, 4. “Estamos viviendo el último tiempo. Lo demuestran, a nivel mundial, los terremotos, el mar que se levanta y los volcanes en erupción. Por eso, debemos estar despiertos, pendientes de la Palabra de Dios, ante un enemigo que está armando cosas para engañarnos. Aleluya. ¿Cuántos lo entienden? Amén”, insiste después de leer el Evangelio.
IV
La llegada del pastor Lalo Giménez, hermano del cabecilla de la Iglesia, interrumpe el discurso de Aída, que le da la bienvenida. Combo extraño, Lalo viste un jogging azul, que contrasta con los anillos y cadena de oro.
Mientras
el pastor habla de numerología, una anciana reparte un sobre para que coloquemos, a gusto, el
diezmo.
En el frente, dice: “Damos como herederos de Dios y coherederos de Cristo. 2012: reinaremos, gobernaremos, disfrutaremos. ¡Hecho está!”. Y atrás: “Y darás tu dinero, por toda cosa que tu deseares, y delante del Señor te alegrarás tú y tu familia”.
En el frente, dice: “Damos como herederos de Dios y coherederos de Cristo. 2012: reinaremos, gobernaremos, disfrutaremos. ¡Hecho está!”. Y atrás: “Y darás tu dinero, por toda cosa que tu deseares, y delante del Señor te alegrarás tú y tu familia”.
“La
gloria de Dios está aquí”, afirma el pastor, convencido, y propone cantar otra
canción. Todos se ponen de pie.
“Hoy estamos aquí, adorándote, cantándote a
ti, mi gran Señor. Quiero subir a tu monte santo y verte ahí, mi único Rey. Te
alabamos, Señor, con el corazón, y rindo mi ser ante ti, ¡oh, gran Señor!”,
suena de fondo.
Mientras
se escucha la canción, miro hacia mi izquierda y veo a Juana apoyada en la
pared. Y es que, para esta altura de la reunión, ya le cuesta sostenerse
parada. De repente, la prédica-show llega a su punto cúlmine. Escucho que Lalo grita: “¡Déjenla!” Lo miro y veo que dirige su mirada
hacia el fondo, a mi derecha. Volteo la cabeza y veo a una mujer de unos
cuarenta años, con los ojos cerrados, con los brazos levantados, haciendo un círculo con su torso.
Una señora intenta agarrarla, pero el pastor le dice que no la toque, que “es el Espíritu Santo que
se está haciendo presente”.
Todos la miran. El movimiento empieza a cambiar. Ahora lo hace para delante y
para atrás. Al ver que se tambalea, un hombre estira sus brazos para tenerla
cerca por si llega a caerse. Cada vez se pone peor. Ahora llora y la cara se le
va poniendo roja. Se lleva sus manos hacia el rostro y se seca las lágrimas.
Saca un pañuelito de papel tissue y se limpia. Ahora agita los brazos, mientras
el pastor le dice: “Aprovechá este momento para recibirlo todo”. De a poco, la
mujer va cesando sus movimientos. Y Lalo nos habla al resto: “No te preocupes
por lo que le pasa al otro, preocupate por recibir lo nuevo que Dios tiene para
nosotros en este día. Dios los está salvando. Aleluya. Algunos se pueden caer,
otros se pueden arrodillar, pero venimos aquí a buscar a Dios y Él se
manifiesta de la manera que quiere”.
Para ir finalizando la prédica, el pastor nos invita a poner enfermedades, tristezas, depresiones, soledad, trabajos...todo en las manos de Dios. Mira hacia arriba y afirma: “Ahora se van a abrir los cielos y preparate para recibir su autoridad”. E invoca una oración, que el público, de pie, repite tras las palabras del pastor. “Hecho, hecho... ¡hecho está!”, grita.
V
Lalo
corre el atril de vidrio hacia un costado, para que quede más lugar en el
centro. La gente empieza a hacer una fila para recibir su bendición y,
posteriormente, el que quiera, puede participar de la “Santa
Cena”, que simboliza la comunión. Aquí no hay ostias, como en
la misa católica, pero el cuerpo de Cristo está representado con migas de pan y
la sangre, con un minúsculo vasito de jugo de manzana, de unos cuatro
centímetros de alto.
Al
lado del pastor, una canasta celeste, apoyada en una silla, espera recibir el
mayor número de sobres posible, con la cantidad máxima de dinero que cada
feligrés quiera donar. Sin billetes pero con ansias de saber qué dice al
imponernos sus manos, hago la cola. Pero antes de que sea mi turno, tengo
frente a mí una de esas escenas televisivas típicas; una de esas historias que
cuentan de boca en boca. Una mujer muy gorda y de unos cincuenta años se desmaya. Nadie
se sorprende, nadie la toca. Dejan que reaccione y, cuando lo hace, la ayudan a
levantarse.
La chica que tengo delante de mí me deja pasar. Lalo me mira a los ojos en silencio. Hago lo mismo y sonrío. Estamos, apenas, a unos 40 centímetros de distancia. Le digo que no sé qué tengo que hacer, que es la primera vez que estoy en este lugar. Se ríe y me dice que no me preocupe. Con su mano izquierda sobre mi cabeza y con la derecha en mi hombro, me da la consigna: “Antes de salir, pedile a Dios algo que sea imposible de cumplir. Lo que quieras, pero que vos sepas que, si se da, fue gracias a Él. Y si es así, entonces después volvé y contanos tu experiencia. Vas a terminar el año con tu familia, llena de maravillas, en armonía. Que Dios te bendiga”.

Se podría decir que
la primera celebración del día terminó, pero en verdad no hay una distinción
clara entre lo que acabó y lo que va a venir. Enseguida, otra pastora toma el
micrófono. “Demos gracias al Señor por permitirnos estar aquí reunidos”, afirma
y da comienzo a la segunda función de la prédica-show, en la que, seguramente,
habrá desmayados y movimientos
epilépticos, y en la que se le ofrecerá al público música y una línea directa
con Dios. ¡Hecho
está!
Etiquetas:
Periodísticas,
religión
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